sábado, 10 de mayo de 2014

NAVEGANDO TIERRA ADENTRO - SI NO VIAJAMOS AL SUR NO VEREMOS EL SOL

SI NO VIAJAMOS AL SUR NO VEREMOS EL SOL
  
   Yo ya tengo mis dudas de que lleguemos a ver el sol antes de alcanzar el Mediterráneo.

Un día de perros perrunos después de la tormenta, con rayos y truenos incluidos, que cayó anoche.
El cielo está encapotado y la lluvia o llovizna no para. De cuando en cuando parece que el sol intenta abrirse paso entre las nubes pero no lo consigue porque las nubes grises se cierran cada vez más. Debe ser la borrasca de las Azores que siempre propagaba el hombre del tiempo, Mariano Medina, que predecía si  el sol iluminaba el día siguiente o no. Y creo que va a ser que no.


   Pero al mal tiempo buena cara.
A fin de cuentas estamos en un barco perfecto, con amigos perfectos y en un viaje maravilloso. Además aquí en Holanda la gente es de lo más agradable. Realmente se hacen querer y te ayudan en lo que haga falta. ¿Que no hablamos holandés? no pasa nada. Ellos chapurrean un inglés entendible y alguno que otro, sobre todo jóvenes, hablan español sin pestañear. Ayer mismo en la marina de Tiel nuestro vecino, el del barco de al lado, se interesó por nuestro viaje.


Nuestra idea era subir por el Waal hacia Niejmeeger y ahí bajar por el Maas-Waalkanal. Mala idea dijo el hombrecillo, es mejor coger el Waal hacia la dirección contraria corriente a favor, así los diez kilómetroslos haces en media hora, y luego tirar por el canal de Sant Andries, con exclusa incluida, para luego entrar en el río Maas hacia un pequeño pueblo que se llama Grave con marina incluida.

   Creo que acertó porque el trayecto, a pesar del tiempo, era agradable. No teníamos el tráfico del río Waal, que es como la autopista de barcos procedentes de Alemania que buscan la salida del Atlántico, y tampoco tenemos tanta ventisca. El único inconveniente son las esclusas. En el otro tramo no hay y en este nos enfrentamos a tres.

Y tengo que ser sincera, no les hemos cogido el tranquillo, aunque la última de hoy la superamos con cierta soltura. Es  la falta de experiencia aunque estoy convencida de que cuando terminemos este viaje sabremos entrar y salir por las esclusas, con amarres antes y después, soltando cabo y todo lo que haga falta, con los ojos cerrados e incluso durmiendo
.
   El primer ascensor de barcos, el Sant Andries, nos ha bajado dos metros, el segundo, Esclusa Princesa Máxima, nos ha elevado cuatro metros, y el tercero la Esclusa de Grave, nos ha vuelto a subir al menos tres metros.  Y el barco tiene que estar sujeto con cabos que tenemos que ir cambiando de noray a medida que el agua suba o baje. Y cada vez que entra agua en la esclusa, o que sale, se genera una corriente importante por lo que hay que estar atentos para mantener la estabilidad.  La verdad es que lo de las esclusas es cosa seria, sobre todo estas que son enormes y en los que tenemos que compartir espacio con grandes gabarras que recorren los canales y ríos sin cesar. El tema de los puentes elevadizos era más agradable y menos preocupante ya que lo único que había que hacer era esperar a que el operario de turno apretara el botón adecuado.


 El caso es que al cabo de cinco horas y media de navegación, bajo una lluvia intensa, llegamos a Grave, un pequeño pueblo a orillas del Maas con una marina muy acojedora y con los servicios imprescindibles, eso es, agua, luz, wi-fi, duchas y baños. Y naturalmente también un bar pero en este país desconcierta un poco los horarios.



Dimos una vuelta por el pueblo a las cinco de la tarde. Las tiendas ya habían cerrado salvo un supermercado que tenía abierto hasta las ocho. Íbamos a tomar una cerveza en el bar de la marina, a las 19.30, pero acababan de cerrar. ¿Y dónde se tomarán los cubatas nocturnos? Un misterio.
  



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