jueves, 19 de marzo de 2020

EL COVID DESDE MI TERRAZA - DIA CUATRO

DIA CUATRO – MIÉRCOLES 18 DE MARZO 

SOLO FALTAN CLINT EASTWOOD Y SERGIO LEONE

 

       Hoy es un día triste. Nadie quiere que nos vayamos, pero sé que es la decisión correcta. De momento estamos seguros de poder regresar a nuestro lugar de residencia. Dentro de unos días las cosas pueden cambiar y aunque aquí no nos falta de nada, andamos sobrados de amor y cariño, en casa estaremos bien. 

      Estábamos seguros y nuestro viaje lo confirmó. No había casi tráfico. Algunos camiones cargados con esos alimentos que luego desparecen del supermercado como por arte de magia y coches caravanas con matrículas extranjeras de regreso a sus casas. Alemanes, franceses, holandeses e ingleses que, supongo yo, por temor al cierre de fronteras adelantaron su regreso vacacional. Extranjeros jubilados en su mayoría que pasan los meses de invierno en España, evitando así el frío y la nieve en sus propios países.

      Poco tráfico y ningún sitio abierto para tomar café. Jamás he visto esta carretera tan solitaria, tan desértica y hasta tan abandonada. El paisaje ya de por sí es un desierto y la ausencia de coches me recordaba a la película de Mad Max, de 1979, protagonizada por un jovencísimo Mel Gibson.  En cualquier momento me esperaba una persecución policial por la autopista, pero no, esto no es Australia.

      Tampoco veo por ningún lado a Clint Eastwood en su papel de duro, durísimo, de los espagueti western de Sergio Leone con la música maravillosa de Ennio Morricone. De hecho, las películas se rodaron en estas tierras que todavía guardan los poblados construidos para narrar la historia de una muerte que tenía un precio, y ese precio era un puñado de dólares que se disputaban uno que era bueno, el otro malo y tercero feo. Me encantan esas películas.

      500 kilómetros en cinco horas, normalmente tardamos seis, así que no estuvo del todo mal. Sin tráfico, con buen tiempo y lo más sorprendente, sin ningún control policial en la carretera. Es más, ningún guardia civil a la vista. 

      La idea era llegar a tiempo para recoger mi ordenador que estaba en el taller por defunción del Windows 7 (maldito Windows, la broma me ha costado un pico) y hacer algo de compra para días venideros. En el reparto de tareas me tocó ir al supermercado y no tardé en sentirme protagonista de una película de terror.

     Para entrar había que guardar cola, luego una vez dentro desinfección de manos y carro. ¡Y la gente! Nos mirábamos todos como si estuviéramos infectados con el virus más mortal de nunca jamás dispuestos a contagiar al que se nos acercara. Todo el mundo se miraba de reojo, nos apartábamos el uno del otro. Realmente daba miedo.

      Creo que nunca he comprado tan rápido ¡Con lo que a mí me gusta elegir las cosas! La compra, sobre todo la de comida, tiene que ser un placer porque es lo que te alimenta, lo que te hace crecer, engordar y ser feliz. Pues nada, deprisa y corriendo y lo justo. Menos mal que pude adivinar una sonrisa debajo de la mascarilla de la cajera que me saludó con alegría. Yo era una cara conocida.

      Regreso a mi hogar, dulce hogar. 

 










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